El árbol milenario que tiñe de oro la Ciudad

Mientras gran parte del arbolado porteño ya luce desnudo por la llegada de las bajas temperaturas, una especie milenaria se roba todas las miradas y convierte calles, plazas y parques en escenarios de postal.

El ginkgo biloba atraviesa por estos días su momento de mayor esplendor y tiñe de amarillo intenso distintos rincones de la Ciudad de Buenos Aires, ofreciendo uno de los paisajes más impactantes del año.

Con cerca de 750 ejemplares distribuidos en el espacio público porteño, este árbol considerado un verdadero fósil viviente vuelve a destacarse por su singular belleza otoñal.

Sus copas doradas no solo aportan color en una época en la que predominan los tonos apagados, sino que también recuerdan la extraordinaria historia natural de una especie que logró sobrevivir durante millones de años.

La transformación del ginkgo biloba ocurre como consecuencia de un proceso biológico natural conocido como senescencia foliar.

A medida que descienden las temperaturas y se reducen las horas de luz, la clorofila presente en las hojas comienza a degradarse.

Al desaparecer el pigmento verde, emergen los tonos amarillos que permanecían ocultos durante gran parte del año y que convierten a estos árboles en verdaderos protagonistas del paisaje urbano.

Originario de China, el ginkgo es considerado una de las especies arbóreas más antiguas del planeta. Los especialistas estiman que sus ancestros ya habitaban la Tierra hace más de 200 millones de años, una antigüedad que lo ubica mucho antes de la desaparición de los dinosaurios.

Su extraordinaria capacidad de adaptación y supervivencia le permitió atravesar cambios climáticos extremos y mantenerse prácticamente sin modificaciones a lo largo de millones de años.

En Buenos Aires, la presencia de estos ejemplares ofrece además un atractivo adicional para vecinos, turistas y aficionados a la fotografía. Durante pocas semanas al año, sus hojas adquieren una tonalidad dorada tan intensa que generan escenarios únicos en distintos puntos de la Ciudad.

Uno de los sitios más emblemáticos para apreciar este fenómeno se encuentra sobre la calle Junín, junto al Cementerio de la Recoleta.

Allí, una alineación de ginkgos forma un corredor natural cubierto de tonos amarillos que cada otoño atrae a cientos de visitantes.

Las hojas caídas sobre las veredas crean una alfombra dorada que se convirtió en una de las imágenes más buscadas por quienes recorren la zona.

Algo similar sucede en la avenida Jorge Newbery, lindera al Cementerio de la Chacarita. En ese sector, la sucesión de ejemplares genera un paisaje característico que contrasta con el entorno urbano y ofrece una de las postales más llamativas de la temporada.

La especie también puede encontrarse en importantes espacios verdes de la Ciudad, entre ellos el Jardín Japonés, Plaza Sicilia, Plaza Holanda, el Parque Paseo de las Américas y la Plaza República de Chile.

Este último espacio posee un valor especialmente significativo, ya que alberga una agrupación de ginkgos que fueron declarados árboles notables debido a su importancia histórica, cultural y simbólica.

Allí, los ejemplares funcionan además como homenaje permanente a las víctimas chilenas del terrorismo de Estado.

Más allá de su valor ornamental, el ginkgo biloba despierta interés en todo el mundo por su extraordinaria resistencia.

Uno de los episodios más impactantes de su historia ocurrió tras el bombardeo atómico de Hiroshima en 1945. Contra todos los pronósticos, varios ejemplares ubicados a menos de dos kilómetros del epicentro lograron sobrevivir a la devastación.

Con el paso de los meses comenzaron a rebrotar y demostraron una capacidad de recuperación que sorprendió incluso a los científicos.

Aquellos árboles continúan vivos en Japón y son considerados símbolos de esperanza, resiliencia y paz. Su supervivencia frente a uno de los episodios más devastadores de la historia moderna consolidó la imagen del ginkgo como una especie excepcional y fortaleció el vínculo cultural que numerosas sociedades mantienen con este árbol.

La longevidad también constituye una de sus características más destacadas. Algunos ejemplares pueden vivir más de mil años y conservar un excelente estado de salud durante siglos.

A ello se suma su resistencia frente a enfermedades, plagas y condiciones ambientales adversas, factores que explican por qué muchas ciudades del mundo lo incorporaron dentro de sus planes de forestación urbana.

En la tradición asiática, además, el ginkgo ha sido valorado históricamente por diversos usos medicinales atribuidos a sus hojas y semillas.

Aunque actualmente muchas de esas aplicaciones son objeto de estudios científicos, su relevancia cultural permanece vigente en numerosos países donde continúa siendo una especie profundamente respetada.

Mientras el invierno se aproxima y la mayoría de los árboles completan la caída de sus hojas, el ginkgo biloba regala sus últimos días de esplendor.

Durante unas pocas semanas, sus copas doradas transforman el paisaje porteño y recuerdan que la naturaleza todavía tiene la capacidad de sorprender incluso en medio de una de las ciudades más dinámicas del país.

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