Mascotas en la ciudad: el desafío detrás del auge pet-friendly
La escena se repite cada vez con más frecuencia en las grandes ciudades argentinas: perros descansando a los pies de una mesa, gatos en transportadoras dentro de cafeterías y locales gastronómicos que colocan bebederos junto a la puerta de entrada.
Lo que hasta hace pocos años parecía una rareza hoy es parte del paisaje urbano. La llamada revolución pet-friendly ya no es una moda pasajera, sino un fenómeno que redefine la forma en que las personas se vinculan con sus mascotas y el modo en que las ciudades se adaptan a esa nueva realidad.
“Las mascotas dejaron de ser un complemento del hogar para convertirse en miembros plenos de la familia”, señalan especialistas en comportamiento animal, y los números respaldan esa afirmación. De acuerdo con datos de Airbnb, la demanda global de alojamientos pet-friendly creció cerca de un 50% en los últimos años.
En América Latina, Colombia, Brasil y Chile encabezan la oferta de propuestas que incluyen desde restaurantes y hoteles hasta parques y espacios recreativos diseñados especialmente para animales de compañía.
Argentina no es ajena a este proceso: ocho de cada diez hogares conviven con al menos una mascota y el 75% de las personas las considera un integrante más de la familia.
Este cambio cultural abrió oportunidades comerciales y sociales, pero también planteó nuevos desafíos. No todo espacio que admite mascotas es, automáticamente, un lugar adecuado para ellas.
“Un ambiente pet-friendly puede seguir siendo hostil si el animal no está preparado para afrontarlo”, advierte Lucía Marcerou, médica veterinaria del laboratorio König.
Ruidos intensos, olores desconocidos, movimiento constante de personas y otros animales configuran un escenario que puede resultar abrumador. La intención humana suele ser positiva, pero no siempre contempla las necesidades reales del animal.
La evidencia científica muestra que el estrés en mascotas expuestas de manera inadecuada a entornos nuevos es más común de lo que se cree.
Estudios recientes indican que el 69% de los perros se vuelve más temeroso tras exposiciones repetidas a ambientes desconocidos sin preparación previa, mientras que el 59% desarrolla sensibilidad a ruidos que antes no le generaban reacción.
Estos cambios no solo afectan el comportamiento inmediato, sino que pueden consolidarse en el tiempo y alterar la calidad de vida del animal.
Para comprender el problema es necesario entender cómo perciben el mundo los perros y los gatos. Son animales territoriales, fuertemente guiados por la previsibilidad y el reconocimiento del entorno. “Cuando esa previsibilidad se pierde, el sistema nervioso entra en estado de alerta”, explica Marcerou.
En ese punto aparece lo que los especialistas denominan sobrecarga sensorial. La diferencia entre socialización y exposición resulta clave: la primera es gradual y controlada; la segunda, abrupta y potencialmente traumática.
La preparación, entonces, se vuelve el eje central de cualquier experiencia pet-friendly exitosa. Ese proceso no comienza en la vereda de una cafetería, sino en el hogar.
La familiarización progresiva con sonidos, olores y situaciones nuevas permite construir una base de seguridad emocional.
Paseos cortos en zonas tranquilas, aumento gradual de estímulos y respeto por los tiempos del animal forman parte de una estrategia preventiva que reduce notablemente el riesgo de estrés.
Dentro de las herramientas disponibles, el uso de feromonas sintéticas ocupa un lugar destacado. Estos productos imitan señales naturales de calma y ayudan a modular la respuesta emocional del animal.
“En gatos reproducen las feromonas faciales que indican territorio seguro; en perros, las maternas que generan tranquilidad en los cachorros”, detalla Marcerou, quien participó en el desarrollo de Serenex. Investigaciones publicadas en el Journal of the American Veterinary Medical Association demuestran su eficacia para disminuir signos de ansiedad. Su aplicación puede realizarse mediante difusores en el hogar o sprays en collares y mantas antes de salir.
El contexto y el momento también importan. Los especialistas recomiendan elegir horarios de baja concurrencia, limitar las primeras visitas a no más de 20 minutos y priorizar espacios al aire libre, con buena ventilación y personal capacitado para identificar señales de estrés animal. Mantener la rutina diaria —horarios de comida, descanso y paseo— contribuye a sostener la sensación de control y seguridad.
Reconocer las señales de alerta es una responsabilidad ineludible. Orejas hacia atrás, jadeo excesivo, bostezos reiterados o cola entre las patas en perros; pupilas dilatadas, posturas defensivas o cola enroscada en gatos son indicadores claros de incomodidad.
En esos casos, retirarse del lugar no es un fracaso, sino una decisión correcta orientada al bienestar animal.
La expansión del modelo pet-friendly plantea, en definitiva, una oportunidad para construir ciudades más inclusivas y empáticas. Pero esa inclusión no puede ser improvisada ni guiada solo por la buena voluntad.
“Ver a un perro relajado en una cafetería, sin ansiedad, disfrutando del entorno, es el resultado de un proceso previo, no de la casualidad”, resume Marcerou.
Preparación, información y compromiso son las claves para que esta transformación urbana sea beneficiosa tanto para las personas como para sus compañeros de cuatro patas.